La XXV Cumbre Extraordinaria del ALBA-TCP sesiona hoy dedicada al centenario del Comandante Fidel Castro Ruz.

El encuentro llega mientras Venezuela, Nicaragua y Cuba se encuentran bajo un cerco económico de Estados Unidos, y en un mundo donde, según el presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez, «los organismos internacionales no pueden frenar el abuso del más fuerte» tras el holocausto palestino que marcó una «era oscura» global.
La profecía de Chávez: «O nos unimos o nos hundimos»
«Escojamos, pues, las alternativas», había advertido en 2001 el presidente venezolano Hugo Chávez durante la III Cumbre de la Asociación de Estados del Caribe, lanzando la primera propuesta histórica del ALBA.
Aquel «excepcional revolucionario» definió el mecanismo como «otro camino», una búsqueda vital de integración en un escenario regional que hoy, más de dos décadas después, vuelve a estar «configurado en favor de fuerzas de derecha».
El 14 de diciembre de 2004, en el teatro Carlos Marx de La Habana, Fidel colocó sobre el pecho de Chávez la Orden Carlos Manuel de Céspedes y ambos firmaron el Acta de nacimiento del proyecto. «Fue una fiesta», recordaría después Díaz-Canel sobre aquel alumbramiento que nació de «un parto histórico», en palabras del presidente venezolano Nicolás Maduro, tras la «década perdida» de los noventa.
Durante la XIV Cumbre Extraordinaria de 2017 en Caracas, el General de Ejército Raúl Castro reflexionó que el ALBA «no hubiera sido posible» en la época del triunfo revolucionario de 1959: «tuvo que ocurrir un cuatro de febrero (4F) de 1992» —la insurrección cívico-militar liderada por Chávez— y el triunfo bolivariano para que la iniciativa saliera adelante.
Raúl subrayó una máxima vigente: «la construcción de la unidad es la tarea más importante que enfrenta toda Revolución verdadera», recordando que los revolucionarios deben «dejar de lado, con modestia, todo aquello que nos divide y dispersa». Esa lección resuena hoy cuando el ALBA enfrenta su prueba de fuego ante la ofensiva trumpista.
En la XIII Cumbre Extraordinaria celebrada en agosto pasado —formato virtual moderado desde Venezuela—, Díaz-Canel denunció que «el imperialismo […] evidencia que no tiene intención de detenerse ante los límites que le impongan el Derecho Internacional, la Carta de la ONU».
El mandatario cubano condenó las «acusaciones mendaces» de la Administración Trump contra Maduro, vinculándolo sin «fundamento ni prueba alguna» al narcotráfico, calificando esto como «maniobras a las que acude el imperialismo cuando alberga intenciones agresivas» y necesita «pretexto fraudulento» para justificar acciones.
Fidel como brújula: legado «inconmensurable»
La dedicatoria de la XXV Cumbre al centenario fidelista no es casual. Díaz-Canel enunció en agosto que «el aporte multifacético de Fidel a la historia y a los esfuerzos por la integración […] resulta inconmensurable», destacando que nuevas generaciones de dirigentes latinoamericanos hacen suyo ese «legado fidelista» unido al de Chávez, conformando «brújula de la acción» en línea con el ideario bolivariano y martiano.
«Celoso cuidador de la diversidad», Fidel fue también «incansable articulador de la unidad» basada en «profundo sentimiento antimperialista», enseñando que «la batalla no es solo política o económica, sino también cultural y moral». Con ese legado, los pueblos estampan hoy —«sobre el papel, y en el alma de sus hijos»— la promesa de la Declaración anterior: «América Latina y el Caribe reafirman que seguirán el camino de Bolívar, Martí, Chávez y Fidel», ratificando su condición «irrevocable» de proteger la región como Zona de Paz frente al imperialismo que «amenaza con guerras y bloqueos».