«¡La Concepción de María!» rugió la multitud en León al unísono este 7 de diciembre, respondiendo al clamor ancestral que sacude Nicaragua. Miles devotos, familias, saturaron la Plaza Juan José Quezada minutos antes de las 6 de la tarde, esperando el grito fundador que estallaría desde la puerta principal de la Catedral para incendiar la ciudad en la fiesta de La Purísima.

Al instante de escucharse el pregón desde la Catedral, la plaza se transformó en un volcán de luces y cantos. Altares engalanados por la Alcaldía de León brillaron como faros mientras toros encohetados rasgaban el cielo y juegos pirotécnicos ahogaban las estrellas. En medio del júbilo, la Gigantona y el Enano Cabezón danzaron como guardianes marcanado la diferencia frente al resto del país.
Mientras el centro histórico hervía, barrios populares como El Zaragoza o Laborio vieron familias enteras avanzar como procesiones de luciérnagas. Turistas europeos y centroamericanos, de El Salvador, Costa Rica, Honduras, se mezclaron en esta marea fe que fluyó en microbuses, camionetas y motos, todos con un solo propósito: rendir homenaje a la Madre de Jesucristo.
El propio barrio Sutiava, Rubén Darío y San Juan palpitaron bajo el mismo ritual donde cada «¿Quién causa tanta alegría?» recibía aquella respuesta sagrada con eco de siglos.
La alcaldesa confesó a los medios: «León es profundamente cristiano, devoto de la Virgen… aquí está el pueblo esperando ese grito de amor». Sus palabras se materializaban en la «gorra», ese despliegue donde chicha de maíz, cosa de horno y nacatamales se ofrendaban junto a bananos, naranjas dulces, hasta platos de plástico y pichelitos.
Una ceremonia donde no se detuvo la generosidad, mientras los cielos de León ardían como testigos del pacto eterno entre un pueblo y su Virgen Concepción.












