G7, el barco de los necios

En una cumbre autorreferencial, los llamados grandes de la tierra, cuya vara de medir la grandeza son sus respectivas deudas, reunidos en Hiroshima, afirmaron que el mundo seguirá yendo como ellos quieren que vaya, de las maneras y a las horas que ellos quieren que vaya, desencadenando desestabilizaciones y guerras en beneficio exclusivo de la dominación estadounidense del planeta para salvar el imperio en decadencia.

No podía faltar el enésimo desfile de Zelensky, con el atuendo habitual y los símbolos nazis en el brazo, la seguridad habitual en la interpretación del texto redactado por la Casa Blanca y el culebrón habitual titulado “la contraofensiva”.

Se ha lanzado una fatwa imperial sobre Ucrania: nada de negociaciones, negocio para la reconstrucción, guerra hasta el final y nuevas sanciones, que las miles aprobadas hasta la fecha no funcionan.

Nuevas sanciones. Aunque sólo 50 de los 193 países de la comunidad internacional aplican sanciones contra Moscú, el G7 anuncia que también habrá sanciones para los que no sancionen.

Los intentos de implicar a India, Sudáfrica y Brasil en la operación son inútiles: aunque no están de acuerdo con la invasión de Ucrania, no consideran necesario tomar partido contra Rusia, a la que reconocen varias razones.

En cualquier caso, no tienen intención de frenar su desarrollo comercial por los objetivos del imperio estadounidense.

Si las sanciones anteriores no funcionaron, ¿funcionarán las nuevas? No, los datos muestran que los sancionados son las víctimas últimas de las sanciones.

Los sancionados ya han tomado todas las contramedidas que han amortiguado el impacto de las sanciones, compensado por el aumento de los ingresos gracias a las nuevas rutas comerciales y financieras.

El PIB de Rusia en 2022-2023 ha crecido más que la media del PIB occidental y la deuda de Moscú es insignificante comparada con la de Estados Unidos y Japón, por no hablar de la de Italia, que ha alcanzado el 147% del PIB.

Y creer que India, Brasil o Sudáfrica, Pakistán o Arabia Saudí pueden decapitar sus economías y genuflexionar en favor del imperio su papel de potencias emergentes para apoyar la cruzada rusófoba, es el resultado de análisis demoledores nacidos de un ego hipertrófico pero carentes de toda realidad.

¿Golpe a los activos de los oligarcas rusos en Europa? Putin está agradecido y por dos buenas razones: la primera es que siempre ha desaconsejado enviar dinero ruso a otros países cuando podría invertirse en casa.

La segunda es porque esta decisión ha resultado ser un boomerang, ya que está empujando a varios países a retirar sus reservas estratégicas en dólares depositadas en bancos suizos, luxemburgueses, británicos y estadounidenses, con todas las repercusiones negativas tanto para las cuentas de las entidades bancarias como para la imagen de un Occidente que roba un dinero que no es suyo y que debería custodiar. Un poco como si la seguridad de los bancos les robara.

¿Reconstrucción de Ucrania?

Pretenden discutir, pero serán las empresas estadounidenses las que se lleven la mayor parte de los contratos, como en Irak y en todos los países en los que Estados Unidos opta por la destrucción y no por la guerra quirúrgica por golpe de Estado.

También por eso sigue la guerra: cuanta más destrucción haya, más reconstrucción habrá, y de ahí el negocio, que en la jerga de la Casa Blanca siempre va con los muertos.

¿Más armas?

Bueno, han llegado más a Ucrania que al resto del mundo en su conjunto sin que ello haya hecho variar un solo metro la posición rusa sobre el terreno.

Ahora es el turno de los F-16, los cazas de la OTAN que deberían llegar a manos ucranianas. Mientras tanto, se formará a los pilotos.

Es en el plano político, más que en el militar, donde la decisión reviste una importancia considerable, ya que también abre formalmente el enfrentamiento entre la OTAN y Rusia, lo que podría repercutir en las opciones básicas del Kremlin sobre cómo conducir el conflicto. Moscú ya ha advertido al G7 de que “corre un riesgo colosal”.

¿Negociaciones diplomáticas?

No, ya sean chinas, vaticanas o africanas: un avance diplomático certificaría la derrota de la banda nazi de Kiev y de sus patrocinadores en Washington y Bruselas.

Pero la paz es un riesgo enorme para el rompecabezas de Washington, que busca la guerra permanente en el corazón de Europa para intentar derrocar al gobierno de Moscú.

Persiste la creencia de que nuevas decenas de miles de muertos ucranianos podrían favorecer las condiciones internas e internacionales para un complot palaciego en Moscú para derrotar a Putin en nombre del cese de la guerra.

Una piadosa ilusión, según todos los analistas internacionales expertos en Rusia.

¿Y China?

El mismo menú: amenazas y sanciones. Amenazada (tendrá que guardarse de ayudar a Moscú) ignorada (nada de negociaciones diplomáticas) y emplazada (necesitará su dinero para reconstruir Ucrania).

Así que al país más poblado del mundo, con la segunda economía del planeta, primero se le amenaza, luego se le ignora y después se le conmina a pagar.

Como si se tratara de Canadá o Australia, Pekín queda reducida a la condición de provincia, frente a la cual, además, todo el Occidente colectivo se une para oponerse a su crecimiento económico y a su iniciativa política.

Sí, porque mientras se espera la próxima guerra para golpear a China con el pretexto de Taiwán, la exigencia estadounidense de una ruptura comercial y política de toda Europa y de Canadá y Australia con Pekín emerge como el objetivo a medio plazo del G7.

Al menos en las intenciones de Washington, que se ve obligado a reducir su furia sólo ante la oposición de la UE y sus aliados, implicados en una relación muy profunda con el gigante asiático.

Adiós a la globalización

Así que ha sido una reunión, la del G7, de la que no ha salido otra idea que la obsesiva repetición de anteriores cumbres fallidas.

La incapacidad de mirar el mundo tal como es y no como a uno le gustaría que fuera, hace de estas instancias un momento de entretenimiento y no de análisis y propuestas, una pausa publicitaria para salvaguardar lo que queda de la marca.

Fundado en 1975 con el objetivo de controlar la homogeneidad de las políticas económicas y el crecimiento de los países occidentales, formalizado después en 1986 como grupo intergubernamental, el G7 debía ser el foro de coordinación de las políticas económicas mundiales.

Pero no ha sido así desde hace al menos dos décadas. Ninguna de las 7 economías reunidas en Hiroshima tiene ya un ciclo expansivo. Se mueven entre el crecimiento de unos pocos decimales y la estanflación, aunque (sus) agencias de calificación y sus oficinas contables (FMI y BM), al unísono, vaticinen cuentos fantásticos en los que Occidente gana y el resto del mundo pierde, sólo para despertar y ver la diferencia entre la propaganda y los números reales.

No parecen tener clara la pérdida diaria e imparable de eficacia de las recetas y la concreción de las amenazas que las acompañan, debido a que, a estas alturas, la mayor parte de la riqueza producida a escala planetaria la construyen cada vez más países que no son occidentales y que no tienen en cuenta el desvanecido liderazgo de Occidente.

Son precisamente los datos macro los que certifican sin apelación la enfermedad senil del modelo impulsado por Estados Unidos. Demográficamente, el G7 representa el 10% de la población mundial.

En términos de PIB, mientras que hasta 1990 representaba el 66% del PIB mundial, ya se ha reducido al 46% en 2020.

Lo mismo ocurre con el comercio de los miembros del G7: en 1990 representaba el 52% del comercio mundial, en 2020 habrá descendido al 30%.

Hoy, de los 102 billones de dólares de PIB planetario previstos para 2023, sólo 45 serán producidos por los países del G7, y aunque ahora no representan más del 40-45% del PIB mundial y desde luego no la totalidad, vuelven a ser el centro de decisión económica y política con tracción occidental y devoción estadounidense.

Los enormes problemas ligados a la transformación del ciclo productivo en Occidente y al crecimiento de las economías emergentes, la necesidad de reposicionar mercancías, capitales y personas, la urgencia de reducir la deuda del Sur Global, la aterradora liquidez china inyectada en los mercados, que convierten a Pekín en el mayor prestamista de última instancia, hacen que el papel de los organismos financieros internacionales sea marginal, la emergencia climática y la sustancial insuficiencia del dólar, la moneda del 25% del PIB que pretende mandar sobre el 75% restante, el incesante aumento de acuerdos regionales en los cinco continentes que de hecho pasan por encima de las decisiones del G7, son sólo algunas de las cuestiones que deberían preocupar al club de vasallos que se sienten señores feudales, pero que prefieren ignorar.

Y que China sea el próximo objetivo es fácil de adivinar: a nadie le importa Taiwán, si acaso los semiconductores que produce. Pero Taiwán cobra importancia por su control militar del Mar de China y porque el propio G7 lleva años esperando saber cuándo la economía china superará a la estadounidense, hasta ahora la mayor del mundo.

Las predicciones oscilan entre 2026 y 2037, pero, precisamente, la discusión es sobre cuándo y no sobre si lo hará.

Precisamente por esta razón, para cuestionar el y no sólo el cuándo, EEUU ha puesto su soberanía absoluta sobre todo Occidente como condición previa para detener la amenaza china al dominio estadounidense.

Lo que ha cobrado vida en Hiroshima es un G7 totalmente político-militar, una versión del capitalismo del fin de la globalización que asume la centralización forzosa de las diversas necesidades de los países miembros para reconducirlos a una disciplina doctrinaria que ve a Estados Unidos a la cabeza del mundo y a la agresión política, económica y militar contra cualquiera que prefigure la autonomía y la gobernanza compartida del planeta.

Justo donde la humanidad experimentó la oscuridad de la modernidad, habría habido una oportunidad para palabras de paz y un reequilibrio de las desigualdades planetarias. Desde Sudáfrica, donde se reunirán los BRICS, llegará la respuesta.

Por el momento, en el lugar donde murieron la decencia y la piedad, que se ha convertido en un símbolo de los crímenes estadounidenses contra las poblaciones civiles, justo allí, donde el imperio del Sol Naciente puso fin a sus días, ha nacido oficialmente el imperio menguante.

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