La Ciudad de León entre 1849 y 1851

El Correo del Istmo de Nicaragua, a través de sus gacetillas y anuncios ––llamados entonces avisos–– contienen datos de los años 1849-51 sobre la capital de Nicaragua, la ciudad más poblada del país. Difícil resulta calcular el número de sus habitantes a mediados del siglo XIX. El censo de 1847 determinó que, con el vecino municipio indígena de Sutiaba, alcanzaba los 30 mil, cifra lo más cercana a la realidad.

Barrios y calles

Sus barrios o cantones eran 16: El Sagrario, San Francisco, El Calvario, San José, San Juan, San Felipe, Zaragoza, Calle Real, Laborío, La Bartolina, San Sebastián, Guadalupe, El Rastro, La Palmita, Dolores y El Zapote. En cada uno, claramente delimitados, se ubicaban varios cuarteles (a veces hasta cinco) o especies de resguardos militares, para controlar asonadas y revueltas. Incluso la azotea de su imponente catedral había sido usada como tronera, para plantar cañones y descargar fusilería.

El cantón del Sagrario limitaba al Oriente con la calle tras la Catedral, al Poniente con la calla de San Felipe, al Norte con la calle del petril liso y al Sur con la calle del Rastro. Otras calles de la ciudad se denominaban ––según Pedro Argüello, Prefecto y subdelegado de Hacienda del Departamento Occidental–– del Calvario, de la Capilla, de la Escuela de Cristo, de la Merced, de los Padres Galarza, de la Ermita de Dolores, de la calle de la Plaza de San Juan, del Vicario, de la calle tras [la iglesia de] San Juan de Dios, de Pablo Suazo, de las Cabullas detrás del Laborío, de la Antigua matanza, de las Pilas, de las Pulcianas y del Zapote.

Librerías

Había en León dos librerías: la de don Isidoro Infante y la de un señor Luna, dueño también de una imprenta. En la primera se ofrecía al público, en dos tomos, el Manual de Párrocos ––impreso elegantemente en Guatemala–– y las siguientes obras de temática religiosa: Año cristiano, con dominicas y buenas láminas; San Ligorio: teología moral en seis tomos; El hombre apostólico, del mismo San Ligorio; Sermones, de Lacordaire y Ejercicios de San Ignacio de Loyola, entre otras. Además, figuraban en su inventario un Novísimo Diccionario Latino de 1850, una Gramática francesa y un Compendio de gramática castellana. Por su lado, Luna expendía en su tienda e imprenta dos reimpresiones: una, a cuatro reales el ejemplar, del Discurso de Donoso Cortés (1809-1853), pronunciado en las Cortes Españolas el 20 de enero de 1850; y la otra, a tres reales, de las Fábulas políticas (1845) de José María Gutiérrez de Alba (1822-1897).

Estancos

Al mismo tiempo, funcionaban en la ciudad 16 estancos autorizados: 5 en el área central y 11 en los barrios (2 en San Felipe, 2 en San Juan, 2 en San Sebastián, 2 en el Barrio de Jesús, 1 en el Laborío, 1 en Guadalupe y 1 en Zaragoza). Pero no solo se consumía aguardiente; también licores extranjeros, y mucho en todos los departamentos, cuyas ventas en los caminos, salidas y orillas de las poblaciones provocaban desórdenes “con grave perjuicio del tránsito extranjero y de sus intereses”. En consecuencia, don Norberto Ramírez prohibió la venta de tales licores en dichos sitios, agregando que sus infractores serian condenados “por las autoridades de policía, o por las judiciales, o por los jueces de campo o de agricultura, a la pérdida de todo el licor que se encontrase en la venta y a pagar 25 pesos de multa, o sufrir 25 días de prisión”.

Fondas

Para hospedar a los extranjeros procedentes del Realejo y de Granada, el norteamericano J. S. Bradbray anunció el 17 de agosto de 1850 establecer una fonda: el American Hotel; en ella vendería los mejores licores y tendría buenas camas. Igualmente, Francisco Ramírez y Elbert L. Moore (otro norteamericano), divulgaron un aviso el 26 del mismo mes. Ambos eran propietarios de la Fonda de la Amistad, situada en la plazuela de San Francisco. “Aparte de las comodidades que el país proporciona ––indicaban–– hallarán los transeúntes cordialidad y muy buen trato. El edificio, que es tal vez el más vasto de León, tiene piezas cuya amplitud ofrece un gran desahogo contra el calor del clima”.

Pasajeros de California

Por otro lado, el 28 de noviembre de 1850 se informó en el Correo del Istmo de Nicaragua que acababan de arribar al Realejo quinientos norteamericanos; y el 5 de diciembre: “Siguen pasando por esta ciudad los que regresan de California, llevando algunos varias lanchas grandes para los lagos de Managua y Granada. Los pasajeros manifiestan mucha satisfacción por las comodidades y simpatías que encuentran. Es digno de admiración que no hayan muerto ninguno de enfermedades contraídas en el país, pues los pocos que han fallecido venían ya enfermos desde California, habiendo logrado algunos de los achacosos, en Nicaragua, el restablecimiento de su salud”.

Otra gacetilla apareció en el mismo periódico el 12 de diciembre: “Según carta del Realejo, han desembarcado otros 800 norteamericanos y hay en aquel puerto 30 buques”. La del 20 de diciembre era más interesante: “A fin de que se vean las grandes ventajas que ha percibido Nicaragua desde que transitan por este Istmo los que vuelven de California, damos el siguiente dato. Desde el día 8 hasta el 30 de noviembre [de 1850] han pasado 1.613 personas, y calculando a 40 pesos por cada una, a causa de haberse encarecido los víveres, han debido dejar en el Estado, en solo ese mes, 64.520 pesos. Y se advierte que no ha sido el mes de noviembre de los más favorables a este respecto”.

El Chapulín

También en el Correo del Istmo de Nicaragua del 12 de diciembre de 1850 se leía esta otra gacetilla, titulada “La Langosta” (alias Chapulín): “No hay día en que no entren varias carretadas de sacos llenos de Chapulín en esta ciudad. El Prefecto, de acuerdo con el Supremo Gobierno, ha juzgado conveniente (entre los varios medios adoptados), recompensar el patriotismo de los que se dedican a la destrucción de esta plaga con un peso por quintal. No podemos menos de aplaudir esta medida, tan eficaz como ingeniosa”.

Las carretas de don Juan Callejas

El medio de transporte se realizaba en carretas, lentas y entoldadas. Don Juan Callejas, desde Chinandega, mantenía un tren de ellas hasta Granada, “por el módico precio de 7 pesos cada uno [de los pasajeros], inclusive su equipaje, no excediendo de 100 libras el peso; pero si hubiere exceso, el pago de este será arreglado convencionalmente”. En la marcha se empleaba el número de días precisos (cuatro o cinco), pues, aunque las carretas se estacionaban en los pueblos de tránsito más que el tiempo indispensable para el descanso de los bueyes, si alguno de los pasajeros se demoraba por cualquier causa, la carreta no estaba obligada a esperarlo y, en caso de quedarse, perdía el derecho de reclamar el dinero que por el flete había pagado.

Exportaciones por El Realejo en agosto de 1850

Cada mes se registraban en la aduana del puerto del Realejo las exportaciones de los “frutos del país”, procedentes del Departamento Occidental. Las de agosto de 1850 consistieron en 3.000 quintales de maíz y apenas 10 de azúcar, con destino a California, en la goleta dinamarquesa Johanne Oluffé; y, con destino a Panamá, en el bergantín español Cuakero, apreciables cantidades de aceite de coyol (120 galones), alfajías (472), almidón, arroz (50 quintales), azúcar (otros 50 quintales), caballos (2), carbón de madera, carne (40 quintales), carne salada (3 medios barriles), cigarros puros (55.000), gallinas (500), guate (62 fardos), huevos (500 docenas), marranos (25), manteca (80 arrobas), maíz (200 quintales), mulas (30), tablillas (7.550 varas), tablones (4.000 varas) y tejas (3.730).

Actos públicos

No faltaban en el Correo del Istmo de Nicaragua breves noticias reveladoras de la vida cultural de León. Por ejemplo, el 13 de septiembre de 1849 partió hacia Granada la Compañía de Funámbulos, dejando “muy gratos recuerdos y no pocas simpatías en la ciudad”; y el 13 de noviembre siguiente tuvo lugar en Catedral la graduación de doctor en Sagrados Cánones del presbítero José María Ocón, cura interino de Somoto, quien el 3 de marzo de 1867 bautizaría a Félix Rubén García Sarmiento en la Catedral de León ejerciendo como Teniente Cura del Sagrario.

El 6 de agosto de 1850 la compañía dramática del guatemalteco Tiburcio Estrada partió de León con destino a Honduras. “El público ha quedado complacido por las muchas consideraciones de que ha sido objeto y por la humanidad de la compañía, la cual se dio en beneficio del Hospital el producto de su última función”. Estrada había representado dos funciones en la casa de Mariano Salazar, habiendo interpretado en ellas muy bien su papel la señorita Catalina Perdomo. El 8 del mismo mes Esteban Herrera resolvió abrir una escuela de dibujo “en el local de la Merced por la módica suma de un peso mensual por cada alumno”.

Pasando a la fiesta cívica 15 de septiembre, la del 1850 generó varios discursos pronunciados en la Casa de Gobierno. «Hubo también función en Catedral. Las ventanas de las casas se manutuvieron adornadas todo el día, y las salvas de la artillería contribuían majestuosamente, de media en media hora, a la solemnidad».

Tres meses después, el público leonés tuvo el placer, que esperaba, de escuchar con la mayor satisfacción un concierto de canto ofrecido por el señor Chizzoni, de nacionalidad italiana.

Sepelio del Vicario Capitular de la Quadra

Las gacetillas necrológicas abundaban en el Correo del Istmo de Nicaragua. Entre otras, la del fallecimiento del coronel Manuel Quijano, hermano del canónigo y maestrescuela Francisco del mismo apellido; y la del Vicario Capitular José Desiderio de la Quadra, gobernador de la diócesis de Nicaragua y Costa Rica, en sede vacante, desde 1825. Todo un ritual ––propicio a la música sacra, a la liturgia católica y al desmesurado encomio–– fue desarrollado el 5 de octubre de 1849 en el recinto catedralicio. Durante la Misa de Réquiem, el deán presbítero Remigio Salazar pronunció el elocuente panegírico de rigor, difundido en la Imprenta Minerva bajo el encabezado de Oración fúnebre. En ese folleto se incluyeron siete de los numerosos epitafios en verso que produjo la muerte del vicario durante su majestuoso entierro.

Expresó Salazar que De la Quadra solo dejó de propiedades una humilde casa de habitación que poseía antes de ser vicario, una mediana biblioteca que usaba para el desempeño de su ministerio y unas pocas reses que quizás cuesta más el trabajo de cuidarlas, y que la utilidad que de ellas proviene, y que hablando en nuestros propios términos merece más el nombre de Chacra que de Hato […] Pero resumamos las virtudes de este paciente Job, de este caritativo Tobías, de este prudente Mardoqueo, y observando su pureza, su mansedumbre, su  humildad, y sobre todo su ardiente caridad, lo reconocemos como ¡un verdadero santo!

Enterado de las virtudes del ilustre difunto, Pío XI lo enaltecería póstumamente declarándolo desde Nápoles, el 27 de octubre del mismo año, Protonotario Apostólico, según el Correo del Istmo de Nicaragua del 14 de marzo de 1850.

El arcediano Caballero

Otra de las necrologías del mismo periódico fue la dedicada al arcediano del cabildo eclesiástico doctor Pedro José Caballero, fallecido el 4 de febrero de 1851. “Tales eran las virtudes que adornaban el alma del finado ––decía–– que no había en Nicaragua nadie que las desconocieran. Virtuoso sin fanatismo, era generalmente querido y respetado. Tenía un carácter muy jovial, rayando a veces su amabilidad en la humildad y sencillez. El zelo de la Gloria de Dios y bien de su Santa Iglesia, no tenía otros límites que los de la prudencia”. Y se añadía en el Correo del Istmo de Nicaragua:

Aunque era escrupuloso, lo era para sí, y lejos de mortificar a nadie con sus escrúpulos daba a conocer la pureza y rectitud de su conciencia. Nadie, por lo menos, hubiera osado echárselos en cara. Distinguióse sobre todo en la caridad, y eran varias las familias que dependían de su beneficencia. Lo llorarán por mucho tiempo.

No es posible comprender cómo podía promover el culto y las mejoras de la Iglesia, estando como estaba reducido a un corto y limitado estipendio […] Murió como a los sesenta años, después de haber desempeñado destinos tan importantes en la Iglesia de Nicaragua y de haber ascendido por sus méritos al arcedianato.

Una de las pruebas que el vecindario de esta población dio al finado, del alto aprecio en que se le tenía, fue la asistencia a su entierro, al que apenas faltó una sola persona de ambos sexos: circunstancia que muy pocas veces se había visto. Descanse en paz.

El soneto necrológico de Rafael Bermúdez

La misma fuente (el Correo del Istmo de Nicaragua, núm. 26, abril 14 de 1850) publicó dos sonetos “para el sepulcro de la finada doña Petronila Morales”. Una la firmó su viudo Rafael Bermúdez el 16 de marzo de 1850:

¿Por qué, Parca inhumana, no cortaste

El hilo miserable de mi vida,

Antes que descargar en mi querida

El golpe con que cruel me la quitaste?

¡La esencia de mi ser arrebataste!

Muerte sin compasión, Parca atrevida,

Dejando mi existencia sumergida

En el grave dolor que le causaste.

No más oiré tu voz, vida de mi alma

Esa mágica voz encantadora,

Que mil veces sembró la dulce calma

En este pecho do tu imagen mora.

Disfruta ¡ah! la gloria de que gozas

Sirviendo de modelo a las Esposas.

Funcionarios y profesionales

El 26 de enero de 1850 entró a desempeñar la contaduría mayor del Gobierno el licenciado Juan Eligio de la Rocha (1815-1873), nombrado para ese destino el 21 de noviembre pasado. «Es muy grande nuestra satisfacción ––se consignaba en la gacetilla correspondiente––, por estar convencidos del tino, exactitud y fidelidad de este funcionario. Muchas pruebas nos tiene dadas de lo que decimos, y no dudamos que durante su alto cargo ha de saber también suministrarlas”.

En esos días los licenciados en Leyes Toribio y Julio Jerez (hermanos del líder radical Máximo), despachaban en sus oficinas como escribanos públicos, “lo que es indispensable advertir para ocuparlos bajo estos dos conceptos» ––comunicó “un amigo de dichos señores”. Por su parte, habiendo obtenido el licenciado Mateo Mayorga el mismo título de escribano, ofrecía sus servicios. Don José Castellón, uno de los maestros de primera enseñanza en esta ciudad ––se leía en El Correo del Istmo de Nicaragua el 9 de enero de 1851–– ha presentado a examen sus alumnos, que pasan de cincuenta. La prueba de su aprovechamiento ha sido tal, que la Junta de Instrucción se ha creído obligada a rendirle las más expresivas gracias: lo que hacemos también nosotros con igual satisfacción”. Doce sumaban las escuelas, sostenidas por dicha Junta, con doscientos alumnos como promedio total de asistencia diaria.

El 9 de marzo del mismo año de 1851 el joven Pedro Francisco de la Rocha (1820-1881) “recibió el capelo y borlas de doctor en medicina, con todo el brillo que era de esperarse”. Y el 12 del mismo mes el Secretario de la Junta de Instrucción Pública, el ya referido José Castellón, manifestó la apertura de una clase del idioma inglés “en esta Universidad, en cuyo edificio se abrirá el lunes 17 del corriente, bajo la dirección de Mr. Juan Florian Dalmas. Se impartirá todos los días, exceptuando los feriados, de las diez a las once de la mañana, y de las cuatro a las cinco de la tarde”.

De hecho, según testimonio de uno de los ciudadanos más ilustrados de León, era muy bueno el profesor de Derecho Civil, pero ––atareado en otros asuntos–– “ha dejado que la cátedra la ocupen, con gran mengua, ciertos bachilleres. En realidad, los profesores hacen poca cosa, principalmente porque sus honorarios son muy bajos: no exceden los doscientos dólares anuales. Las lecciones que enseñan son muy cortas; rareza es que pasen de una hora, y son contadas las veces en que discuten o ponen ejemplos acerca de la materia que explican”.

El Padre Cartin

Uno de los personajes más curiosos y notables de la ciudad era un sacerdote: el Padre Cartin. Coleccionaba y reparaba relojes gratuitamente, criaba venados, fabricaba rosarios, manipulaba la pólvora para los cuetes y bombas, pulía lentes, dibujaba en la pared de uno de sus corredores animales del “Alfabeto Ilustrado” que importó de los Estados Unidos o Inglaterra y hasta construyó un telescopio con alcance suficiente para observar los anillos de Saturno. También, por razones más terrenales y urgentes, guardaba celosamente un mosquete cargado de balas, con el cual ahuyentaba a los pretendientes de su agraciada sobrina que vivía con su madre en una parte de la amplia casa del Padre. Este era hombre de palabra, y la amenaza era por tanto efectiva, ya que los donjuanes se mantenían a distancia. La sobrina, María Morales, se casaría con un joven de Boston: John J. Deshon.

Además, Cartin había diseñado y construido una casa que alquiló a Squier en nueve dólares mensuales; constaba de una sala y dos recamaras que daban a la calle, con cuartos para los sirvientes y una cocina. Era una de las más confortables residencias de León. “El Padre Cartin ––prosiguió retratándolo su inquilino–– es un hombre instruido, en el sentido que hace dos siglos tenía esa palabra en Europa. Es decir, lee latín y a los Doctores de la Iglesia, y conoce muy bien la Historia Natural de Plinio. El Padre es, sobre todo, un matemático; tiene una obra de Euclides que lee una vez al año como entretenimiento y para refrescar la memoria […] De cabeza voluminosa y líneas puras, sus facciones tienen una expresión de inteligencia, dignidad y ponderación, grave y simpática a la vez”.

Leonesas y sutiabeñas vistas por Squier

Efraím Jorge Squier, Chargé d’affaires de los Estados Unidos en Centroamérica, con residencia en Nicaragua apreció muy bien la ciudad de León y, especialmente, a las leonesas. “Las mujeres ––escribió–– estaban lejos de haber recibido una alta educación, pero son sencillas, afables y poseen facilidad de comprensión y agudeza de ingenio, lo que hasta cierto punto compensa su falta de cultura general. En el vestir siguen las mismas modas de las de Granada, aunque los estilos europeos son menos comunes entre ellas, debido a las circunstancias de que hay menor número de residentes extranjeros. Son igualmente aficionadas al cigarrito; y en la calle no menos ufanas en mostrar un piececillo en una zapatilla de satín. Fuera de la visita diaria a las iglesias, raras veces salen a la calle, excepto por las tardes en que se hacen las visitas de manera informal”.

Algunas indias de Sutiava ––anotó–– “son extraordinariamente bonitas, y cuando están jóvenes tienen cuerpos hermosos de molde clásico. Enteramente discretas en sus modales, son siempre amables y hospitalarias con los extranjeros […] Manufacturan gran cantidad de algodón para su propio consumo y para vender. Al mediodía, cabalgando por Sutiava, no hay espectáculo más común que ver a una india desnuda hasta la cintura sentada en la puerta de cada choza, o a la sombra de un árbol aledaño, atareada en hilar algodón. Tienen gran amor por las flores, y no dejan de llevarlas ensartadas entre las lujuriantes trenzas de su largo pelo negro, o en forma de guirnalda alrededor de la frente […] No puede quedar fuera de estas páginas, en fin, la muchacha india de formas torneadas y ondulantes, de largos y lustrosos cabellos, de ojos vivos y maliciosos que anda recta con su batea o cántaro y que os saluda con una voz musical casi insolente”.

Ruinas, iglesias, costumbres y diversiones

Squier visitó la “Barranca de las Lavanderas”, debajo del puente de Guadalupe y junto al Río Chiquito. Refirió que ninguna otra ciudad de Hispanoamérica había sufrido tanto en las guerras que León. En 1824 ardieron en una sola noche mil casas, de manera que observó, en torno de Catedral, ruinas de manzanas enteras. “Calles completas, hoy casi desiertas e invadidas por la maleza, están flanqueadas por los vestigios de grandes y hermosos edificios, en cuyos patios abandonados se alzan rústicas chozas de cañas” ––confirmó–– agregando que en el lado Este de Catedral “apenas sí se ve una pulgada cuadrada de sus muros que no tenga señales de bala”.

“La iglesia del Calvario ha sufrido mucho a causa de las balas ––prosiguió el mismo testigo––, pues había caído dos veces en poder de las fuerzas sitiadoras, combatidas desde la azotea de la Catedral. La Merced ha sufrido asimismo por idéntico motivo, pero en grado menor. Hubo antes convento anexo a esta iglesia, a la Recolección y a la de San Juan de Dios, pero fueron suprimidos [en 1830], y el edificio del convento de La Merced era cuartel de caballería, en tanto que el de San Juan de Dios había sido convertido en hospital. Hay otras diez o doce iglesias, pero más pequeñas y modestas. Y puesto que todas ellas tienen campanas y a diario se rememora algún santo, en cuyo honor es de rigor tañerlas todas, siempre se oye un clamoreo que, hasta que el extranjero se acostumbra a ello (si no es que ensordece allí no más) resulta excesivamente cargante”.

Una costumbre prevalecía en León: los enterramientos en las iglesias, “gracias ––afirmaba Squier–– a la influencia de los curas, que por cada entierro recibían una jugosa suma”. Consciente de ello, el gobierno de Ramírez tuvo la iniciativa de construir un Panteón, cuyo edificio un empresario había ofrecido construirlo dentro de cuatro meses por el precio de cuatro mil pesos. Según El Correo del Istmo de Nicaragua (núm. 49, septiembre 19 de 1850) tendría “400 varas de circunferencia, cuatro tercias de grueso y tres tercias de alto”.

En su mayoría, las principales costumbres eran religiosas. Esta jaculatoria, Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar, la encontró Squier casi en todas partes, “tanto en las casas de los ricos como en las de los pobres, de los indios y de los ladinos”. Por exponer dicha jaculatoria en una parte de su vivienda donde se pudiera leer, cualquier persona recibiría ––de acuerdo con la Bula del 17 de abril de 1612–– “indulgencia plenaria, y perdón de la tercera parte de sus pecados”. También presenció dos actos penitenciales: público y el otro no tanto. El primero, consistía en una procesión de 100 a 200 hombres y muchachos, descalzos, desnudos hasta la cintura y encapuchados, flagelándose con correas de cuero crudo; y el en el segundo, más penoso, en el encierro durante nueve días de una centena o más personas, durmiendo solo cuatro de las veinticuatro horas y comiendo una sola vez al día. El resto del tiempo se dividía entre los varios ejercicios prescritos por los rígidos reglamentos de la Penitencia, de rodillas o postrados en el duro y oscuro suelo de la iglesia donde se enclaustraban. Añadía el diplomático norteamericano:

Una de estas mortificaciones tuvo efecto cuanto viví cerca de la iglesia de la Merced; varias muchas me despertaron en medio de la noche los lamentos de los penitentes […] Yo los vi salir de la iglesia pálidos, macerados e inmundos; algunos tan exhaustos ya que no podían caminar sin ayuda, que, tambaleantes, dejaban el escenario de su degradación para ir a caer en un lecho donde solo les esperaba la enfermedad y aún la muerte.

Ambas costumbres al igual que el “Toque de Oración” (o Ángelus) desaparecieron bastante pronto, pero no tanto ocurrió la ceremonia de la administración del viatico a los moribundos, el cotidiano rezo vespertino del Santo Rosario y los alegres funerales de los niños y muchachas. Definitivamente, permanecieron en la ciudad la tradición de los Nacimientos navideños ––descritos minuciosamente por Squier––, las suntuosas honras fúnebres de grandes personalidades y las impresionantes procesiones de Semana Santa.

Al respecto, el dibujante del escritor norteamericano, James McDonough, detalló la magna del Viernes Santo, escenificada en 1850. Al fondo del trazo, se perfila la silueta de Catedral; pero, comprendiendo toda la plaza, se admira en primer plano a unas cuarenta personas ––hombres y mujeres–– arrodillados ante el paso de un colosal Santo Sepulcro. Iniciaba la procesión una banda de músicos indios: un violín, dos trompetas, un tambor y un violonchelo; en seguida se aprecia un dignatario eclesiástico con sus arreos, conduciendo una inmensa cruz y flanqueado por otros dignatarios que, a su vez, eran seguidos de dos monaguillos que portaban sendas cruces de madera. a continuación, bajo el palio, iba el obispo con su mitra y larga capa sostenida por un paje. Finalmente, otros dos sacerdotes llevaban encendidos, enormes portacirios.

Ahora bien, McDonough alude en su dibujo la estatua precolombina similar a la que hallaba en la plaza de Granada. “Entre las cosas de interés que en León pronto atrajeron mi atención ––informó Squier–– fue un antiguo ídolo de piedra plantado en una delas esquinas de la Plaza Mayor”. Esta pieza procedía de la isla de Momotombito, donde el aficionado a la arqueología que era Squier dirigió sus pasos para comprobar si aún quedaban otras. Pero ante anotó que había varios mercados en León que ofrecían “tal profusión de frutas y legumbres que sería imposible enumerarlas todos”. El más surtido se hallaba detrás de la Catedral.

Pasando a las diversiones, el mismo Squier enumeró las improvisadas tertulias danzantes de señoritas y galanes. “Los bailes de gala son raros, y por lo general solo se efectúan en fechas memorables, pero ––eso sí–– con gran solemnidad y pompa […] No hay en León diversiones ‘oficiales’, salvo la gallera, que abre los domingos por la tarde. Está siempre repleta, pero la flor y nata de la población no suele visitarla […] Las festividades de la Iglesia aportan la diversión que el público de otros lugares encuentra en el teatro, en los conciertos y en otras distracciones”. Las corridas de toros, fuegos artificiales y “Sainetes” o “Sagradas funciones” no faltaban en ellas. También los jóvenes de clase alta ponían serenatas y realizaban paseos a caballo. Las pocas salas de billar estaban siempre repletas, “pero no son elegantes ni limpias. Y en la Calle Real existe un garito autorizado, el único creo de la ciudad, que se llama Casa de Juego y por las noches se llena de gente de las más bajas capas sociales”.

Pero la mayor diversión de casi todos los leoneses era el Paseo al Mar” a partir de la última luna llena del mes de marzo. Detalladamente descrito por Squier, constituía un espacio donde tenían lugar “los galanteos y coqueteos colectivos, y también individuales”.

El obispo Viteri y Ungo

No es posible concluir estas líneas sobre León a mediados del siglo XIX sin referirme al último obispo de la Diócesis de Nicaragua y Costa Rica: Jorge Viteri y Ungo (1850-53). A petición del director supremo Norberto Ramírez y del Cabildo eclesiástico, Pío IX lo había designado, pese “a los muchos y graves negocios que en el día ocupan su Soberana atención y de las amarguras que padece su sensible corazón en el lugar de su cruel destino [Gaeta]” ––informaba dicho Cabildo el 20 de octubre de 1849.

Sin duda, Viteri y Ungo era una notabilísima personalidad eclesiástica y política. Representado al gobierno de Guatemala, había firmado en Bruselas, con el Conde de Hompesch, presidente de una compañía belga un contrato canalero y había sido obispo de El Salvador, su patria. “Es hombre de gran inteligencia y refinados modales ––lo retrató Squier––. Ha viajado mucho, y entre los extranjeros con quienes se relaciona deja siempre favorable impresión. No parece gozar de la entera confianza a las personas principales, mas le tratan con todo respeto y cortesía”. Además, era caballero comendador de la Orden del Rey Leopoldo de Bélgica y presidente honorario del Instituto de África en Francia. El 28 de enero de 1843 Gregorio XVI le confirió el título de Prelado doméstico suyo y asistente al Sacro Solio Pontifico de Roma, los cuales el gobierno de Ramírez le daría su correspondiente pase el 19 de enero de 1850. El 13 de marzo del mismo año Pío IX le otorgó facultad para que en su nombre bendijera la primera obra “que se inicie de la comunicación interoceánica”; y el mismo gobierno de Ramírez dio el pase de ley a ese despacho apostólico el 12 de junio siguiente.

Otro dato interesante: el 12 de mayo Viteri y Ungo había suscrito una circular a los curas de su diócesis ordenándoles que exhortaran a los feligreses “a la penitencia y a fervientes y continuas oraciones ante la calamidad pública de la langosta o chapulín”. Y uno más valioso: su edicto en el que reglamentó las funciones piadosas consagradas a la Inmaculada Concepción de María, cuatro años antes de que la iglesia proclamara ese dogma. Así, mandó a cumplir estas disposiciones, publicadas en el Correo del Istmo de Nicaragua (núm. 61, diciembre 12 de 1850):

1. La función religiosa que anualmente se celebra en la iglesia de San Francisco de esta capital, en obsequio de la Inmaculada Concepción de María Nuestra Señora, se trasladará a nuestra Santa Iglesia Catedral e Insigne Basílica, conduciendo la sagrada imagen en procesión solemne el día 28 del presente mes, con asistencia de nuestro Venerable Cabildo y Clero.

2. Las Misas del novenario se cantarán a las seis de la mañana, por los cinco Señores Prebendados y cuatro Tenientes de Cura.

3. Todos los días de la novena, a las cinco de la tarde, se rezarán el Santo Rosario de la Santísima Virgen y otras devociones.

4. El propio día de la Concepción Inmaculada de Nuestra Señora, se hará la función rogativa con la mayor solemnidad posible, y con asistencia del respetable Clero de esta ciudad.

5. En las iglesias de los Curatos de nuestro Obispado, se rezará igualmente la novena, y concluida esta, se cantará una Misa de rogación.

6. Por todos los actos referidos, concedemos, en virtud de nuestras facultades, trescientos sesenta días de indulgencia y además indulgencia plenaria a los que, contritos y confesados, comulgaren el domingo 1ro. de diciembre próximo; y a los que la misma suerte lo verifiquen el propio día de nuestra Señora, por la intención predicha.

7. Este nuestro Edicto se publicará, inter missarum solemnia, en todas las iglesias de nuestra diócesis, en el primer día festivo inmediato a su recibo, y se fijará en los lugares acostumbrados.

No dudamos que todos se prestarán gustosos a rendir tan debido homenaje de amor y de respeto a la Santísima Virgen Nuestra Madre, para que bendiga al Soberano Pontífice, a Nicaragua y Costa Rica.

Dado en Nuestro Palacio Episcopal de León, a los doce días del mes de noviembre de mil ochocientos cincuenta.

Jorge Obispo de Nicaragua

Para entonces, no existía Gritería del 7 de diciembre, ni el recorrido en las calles para visitar altares privados en el vecindario. Durante la novena, del 29 de noviembre al 7 de diciembre, solo se rezaba “el rosario” como devoción principal, y el 8 ––el propio día de la fiesta de la Inmaculada (no había salveques que repartir)–– tenía lugar “la función rogativa con la mayor solemnidad posible”. Con dicho edicto, Viteri y Ungo formulaba la reactivación de la Purísima, tradición que había decaído, pues dejó de celebrarse desde el 25 de noviembre de 1844 hasta el 25 de enero de 1845, mientras León estuvo sitiado por las fuerzas invasoras del general salvadoreño Francisco Malespín.

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