Anthony Matthews: El roble del Caribe que burló a la muerte y conquistó el ritmo
Dicen que los gatos tienen siete vidas, pero Anthony Robert Matthews Wilson parece tener una cuenta ilimitada.

El legendario vocalista de Dimensión Costeña, nacido el 10 de mayo de 1950 en el barrio Old Bank de Bluefields, es mucho más que el “Rey del Palo de Mayo”.
Es un hombre cuya existencia desafía las leyes de la probabilidad: ha sobrevivido a tres accidentes aéreos, a un disparo que casi le cuesta la vida y a una tragedia familiar que parece sacada de una novela de aventuras de terror.
Una infancia marcada por el mar y la tragedia
La vida de Anthony no fue fácil. A los seis años, el mar le arrebató lo que más quería. Su padre, Harry Matthews, quedó a la deriva en el barco «San Antonio» cerca de Monkey Point.
Al intentar buscar ayuda en un pequeño bote, la embarcación volcó y Harry fue devorado por tiburones blancos.
Aquel niño, que heredó el talento vocal de su madre, Heydi Wilson —estrella del coro de la iglesia Morava—, tuvo que vender pescado en las calles de Bluefields para ayudar a sostener su hogar.
Originalmente llamado «Vivian» porque su madre esperaba una niña, Anthony creció rechazando un nombre que no sentía suyo, hasta que legalmente lo cambió a Anthony Robert, en honor a su entrañable amigo, el historiador y periodista Roberto Sánchez Ramírez.
De los Beatles al «Grito de Guerra»
Su carrera despegó a los 18 años en el Instituto Nacional Cristóbal Colón, de Bluefields.
Su primera interpretación fue «A Hard Day’s Night» de Los Beatles, marcando el inicio de un viaje musical que lo llevaría por grupos como Los Siete Calientes y Gamma, hasta fundar en 1982 la mítica Dimensión Costeña.
Fue en Cuba donde nació su icónico sello personal. Tras probar un trago de ron que le quemó la garganta, soltó un desgarrador: “¡Ahhhhhhgggg!!!!”.
Lo que fue una reacción de dolor se convirtió en su grito de guerra, el mismo que hoy hace vibrar las plazas cuando interpreta «Mayaya», «Banana» o «El Cevichito».
El hombre de los milagros
Para Matthews, estar vivo es un asunto de intervención divina. Su historial de supervivencia es asombroso:
En 1979, sobrevivió a un disparo en la vejiga tras una presentación; en 1988, el avión en que viajaba cayó en Villa Sandino, Chontales, y salió ileso.
También sobrevivió a caídas aéreas en la Bahía de Bluefields y en Silmabita, Puerto Cabezas, y en una ocasión, el destino lo salvó al hacerlo llegar tarde a un vuelo de La Costeña; ya que el avión se estrelló poco después.
Entre la leyenda y el mito
Rodeado siempre de una aureola de «casanova», a Anthony se le adjudican miles de romances y una descendencia que, según las malas lenguas, supera el centenar.
Él, entre risas, confirma once hijos, incluyendo a uno en Hong Kong llamado Ou Ou Hak Tai Matthews, fruto de un romance con una joven japonesa en Panamá.
A pesar de sus coqueteos con la música cristiana y su mensaje de fe semanal en su inseparable teléfono, Matthews no abandona los escenarios «mundanos».
Sigue siendo el artista que baila junto a esculturales mujeres, el embajador de Nagarote y el «Hijo Dilecto» de Bluefields.
Con casi 76 años, Anthony Matthews sigue siendo «mil veces imitado, pero nunca igualado».
Es el hombre que, tras ver a la muerte a los ojos en el aire y en el mar, decidió que la mejor forma de honrar la vida es cantando, bailando y manteniendo vivo el fuego del Caribe nicaragüense.
