Gabo estrenó su Nobel defendiendo a Nicaragua

El 10 de enero de 1985, entre los asistentes a la toma de posesión del presidente Daniel Ortega, se encontraba Gabriel García Márquez en su calidad de amigo personal. De esto da fe el periodista Juan Antonio Monroy, invitado a su vez por el entonces canciller, Miguel D´Escoto.

El Presidente Daniel Ortega junto al Gabriel Garcías Márquez
El Presidente Daniel Ortega junto al Gabriel Garcías Márquez

Nicaragua estaba en la agenda del Nobel. Ocupó toda su voz y prestigio mundial para denunciar los planes de agresión de los Estados Unidos de la era Reagan. En foros, artículos, entrevistas y ruedas de prensa, apoyó la Revolución Popular Sandinista.

El diario La Razón, México D.F., hace esta alusión sobre la confianza del creador de Macondo en los principales líderes revolucionarios de América: “Pero la (relación) de Fidel Castro no fue la única muestra que dio García Márquez sobre sus afinidades políticas: también presumía su amistad con el comandante sandinista y presidente de Nicaragua desde el 2007 Daniel Ortega”. (“Su debilidad por las izquierdas de verde olivo”, 19 de abril)

Leal con las causas de los pueblos, firme, nunca vacilante como otros intelectuales que empezaron en la izquierda y terminaron en la Edad Media de la Inquisición Conservadora, luchó por la purificación del periodismo y denunció como nadie, la repugnante manipulación de los centros de poder que ocupaban el “mejor oficio del mundo” para volverlo tan desalmado como la abuela de Eréndira.

El retrato de su alma quedó enmarcado el día que recibió el Premio Nobel de Literatura: que América Latina y El Caribe sean libres, soberanos y entendidos desde sus mismas historias y rebeldías; originales, no vistos de acuerdo a las costumbres y culturas, y malas lecturas, de las metrópolis. En ese orden, escudó a nuestra patria en los años 80 en su heroico intento de ser por primera vez Nicaragua.

Aún hoy, hay algunos incómodos por “las Rutas del Bien Común” como expone la escritora Rosario Murillo sobre el andar nicaragüense.

“¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad”, dijo en su discurso de aceptación del Premio Nobel.

Las razones de esa época, reseñadas, persisten, como se ve con los golpes de Estado en Honduras y los que ha debido soportar Venezuela. Gabo entonces dijo: “Un presidente prometeico (Salvador Allende) atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso (Jaime Roldós), y la de un militar demócrata (Omar Torrijos) que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino (Ríos Montt) que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo”.

Entre las causas, citó las injusticias, las mujeres embarazadas arrestadas en Argentina, los 20 millones de niños latinoamericanos que morían antes de cumplir dos años. “Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala”.

El llamado de Gabo a los sectores conservadores de Europa, 32 años después, es vigente porque somos naciones latinoamericanas y caribeñas, con nuestros inconfundibles ritmos e identidades, tristezas y pachangas, rumbas y rumbos, saliendo de la penumbra colonial hasta donde se pueda soñar con las maracas y las ciencias, entre cafetales y cañaverales.

Somos país o interpretación

Nicaragua y su Revolución Sandinista tampoco pueden ser reducidas a una interpretación de la derecha europea. “Creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos”, exhortó, y sin frac, el hijo de Aracataca ante el Rey Carl Gustaf XVI de Suecia.

Un año antes de obtener el Nobel, Gabo dedicó un artículo a Nicaragua. Expuso las viejas y siempre actualizadas maniobras de un poder que no quería “perder” lo que consideró su patio trasero.

“Estados Unidos pensaba que los comunistas iban a tomarse el poder en Italia mediante las elecciones generales de abril de 1948. La Agencia Central de Inteligencia (CIA), que acababa de crearse, contribuyó a impedirlo con todo un sistema de MAQUINACIONES TRUCULENTAS que fueron reveladas hace poco por el escritor norteamericano Thomas Powers en un libro muy bien documentado: The man who kept secrets. Leído ahora, es asombroso cómo ese episodio de la Italia de aquellos tiempos se parece a otros que ocurrieron en Chile cuando Salvador Allende era el presidente constitucional, a los que ocurren casi a diario por estos días en América Central y el Caribe”. (Nicaragua entre dos sopas. 25 de noviembre de 1981)

Cuando era inminente la invasión de los halcones de Washington en 1982, el escritor estrenó el Nobel convocando a los periodistas sobre el plan que se preparaba en Honduras.

“García Márquez calificó los preparativos de agresión como ´un plan diabólico de Estados Unidos´, pero subrayó que la revolución sandinista ´conoce muy bien el tamaño del peligro y ha tratado de aprovisionarse para defenderse proporcionalmente´”. (El País, 23 de octubre 1982)

En el catálogo de los cíclopes, la lucha por los derechos humanos no incluye los derechos nacionales de los pobres por optar a un territorio del que solo conocen su bandera y los desfiles gloriosos, pero ignoran de por vida sus riquezas.

Desarmar una nación, deformar su historia y hasta quitarle pieza por pieza sus aspiraciones de ser país de verdad, se puede hacer sin remordimientos de conciencias “no gubernamentales”. Frente a esa inopia de nuestra Mala Hora se rebeló el colombiano.

Son los patriarcas de la opinión los que llevan la infeliz misión de publicar la Crónica de una Desestabilización Anunciada para poner de rodillas a los patriotas que se atrevieron a creer en serio su Himno Nacional. Gabo conocía con minuciosidad cómo las rotativas del poder pueden moler y demoler hasta la pulverización un Estado por el pecado de resistirse a la condena de no tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

Ideales en marcha

Las dolencias de Gabo, que motivaron su retiro de la palabra escrita y de la presencia pública ya no le dieron el tiempo necesario para comprobar en Nicaragua, como a él le encantaba hacerlo, la reanudación de los ideales en marcha.

Nunca fue amigo de atenerse a las versiones ajenas de un suceso por la imperturbable impresión de que estaban zurcidas con el hilo falaz del resentimiento, y aborreció de las realidades mal contadas porque podían llevarlo a cualquier parte menos adonde le exigía su infalible olfato de periodista inmenso, por eso se metía de cabeza donde se producía un acontecimiento digno de su pluma para que volara mejor la verdad. Y como todo en la vida, la escritura, sus escrituras, hablan más que las palabras de segunda mano que ahora, muerto, se le quieran atribuir.

Nicaragua y otras naciones hermanas deben crear su propia época feliz, aunque sea “indocumentada” para algunos europeos, porque está visto que la nueva centuria en Nuestra América parece todavía un viejo invento del Siglo XX.

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