Clemente, el humano desprovisto de egoísmo

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El escritor portugués José Saramago, en su obra Ensayo sobre la ceguera, publicada en 1991, aseveró que «En verdad aún está por nacer el primer humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo». Sin embargo, el padre de la literatura realista, estaba equivocado. Ese humano ya había nacido.

Posiblemente, por cosas del idioma y de preferencias, José nunca escuchó la historia de un ser humano trascendental, un hombre que destacó en el deporte y que sobresalió en la sociedad latinoamericana, un individuo que tenía un maná de carisma y una capacidad inigualable para asistir al prójimo.

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Cuesta mucho decirlo, y en este caso escribirlo, pero ¡el portugués estaba equivocado! El ganador del Nobel de literatura, que siempre supo dilucidar situaciones sociales en sus textos, no pudo conocer la acción que, precisamente por su déficit de egoísmo, llevó a la inmortalidad a Roberto Clemente.

Clemente, puertorriqueño, en 1972 coronó la cifra de 3 mil imparables en el béisbol de las grandes ligas vistiendo el uniforme de los Piratas de Pittsburgh, siendo el primer latino en alcanzar la gesta. Esta condición lo ubicó como un ídolo del deporte latinoamericano. Era su mejor año en cuanto a lo beisbolístico.

A pesar de su estatus, Roberto mantuvo la humildad. Siempre estuvo cerca de sus fanáticos. El boricua había estado casi un mes en Nicaragua, con motivo de la celebración del mundial de béisbol que se disputó a inicios de diciembre de 1972. En ese lapso, la gente lo cubrió con un manto de cariño y admiración.

Estos detalles, hicieron que Roberto tomara amor por la nación pinolera. Cuando supo que Managua había sido devastada por un terremoto, no dudó en desprenderse de su abundancia y enviar ayuda. Sin embargo, el 31 de diciembre, le informaron que los víveres no estaban llegando a su destino.

De inmediato, preparó un avión y planificó un viaje desde su país hacia Managua, donde entregaría personalmente la ayuda a cada uno de los capitalinos damnificados. No obstante, excedió el peso en el aeroplano y esto le pasó factura. La nave cayó al agua, fallecieron los tripulantes al instante, incluyendo a Roberto.

Es difícil, hasta por un mínimo momento, ubicarse en la posición de Clemente. Estar en la fiesta familiar, esperando el año nuevo (1973), junto a su esposa, hijos y seres cercanos, y de repente, tomar la fría decisión de abandonar el edén hogareño y emprender el viaje hacia Managua, que al final sería a la inmortalidad.

No cabe duda que estos hechos demuestran de qué estaba hecho el boricua. Así mismo, dejan al descubierto que él era un sujeto desprovisto, lejos de estar cubierto por esa segunda piel que se llama egoísmo.

Clemente demostró que era bondadoso, que no tenía inconvenientes para darlo todo por el prójimo. Dejó en evidencia que sus abundancias no estaban en una cuenta bancaria o en una casa cómoda, sino que estaban en sus criterios y convicciones para con los demás.

Roberto Clemente es un ser humano inmortal. Siempre lo fue. Incluso, antes de morir. Si nos basamos en el Diccionario de la Lengua Española, el adjetivo inmortal se refiere, literalmente, a una persona, animal u objeto que “dura por tiempo indefinido”. Precisamente, por ello, Roberto lo es.


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